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de todo un poco

Posteado por inca en 27/12/2008 20:22


A poniente de Ollantaytambo, en la ladera de la montaña Pinkuylluna, hay esculpido a media altura del precipicio, el rostro de Viracocha, un dios que, cuando después del diluvio regeneró la humanidad, tomó el nombre de Tunupa, presentándose entonces con la tez blanca y barbudo. El rostro esculpido mide 140 m. de alto, siendo trabajado cuando también se retocó (para perfilarlo mejor de como lo encontraron) el rostro de la Joven Montaña dominando Machu Picchu. En cuanto al nombre Tunupa, fue en realidad un venerado sabio inca, cuyo mérito hoy se limita a concederle que inventó una forma geométrica precursora de la cruz cristiana. Es la ya citada cruz andina, cuyos lados forman peldaños. El escritor Garcillaso de la Vega explicó la gran semejanza entre el catolicismo y las creencias incas, por la predicación del apóstol Tomás, quien según él, habría continuado su misión evangelizadora pasando de la India hasta tierras de Latinoamérica, navegando -ya en el siglo I- por el océano Pacífico; lo cual no es raro, porque la esfericidad de la tierra cautivaba todas las mentes del tiempo del cronista.

El rostro de Tunupa es la más grande representación plástica del mitológico hombre-dios cuya obra hoy ya nadie es capaz de recordar cuándo fue esculpido en gran relieve. Obviamente, el sol lo ilumina con exacta precisión cada día del solsticio de verano, tan pronto sale por el horizonte (en Europa entonces es el de invierno, el 21/Dic.).


Es un fenómeno iniciático que también habían previsto los prehistóricos constructores de megalitos europeos, y más tarde los constructores del Antiguo Egipto. En su arte escultórico no sólo quedó plasmado, pues, un rostro bien proporcionado, sino que nos testimonia los precisos conocimientos de astronomía de los incas. Al menos desde el año 650 d.C. los incas se admite que controlaron las siete estrellas de la constelación Las Pléyades (simbolizadas en Egipto por la diosa Hathor), las cuales, habiendo pasado todo un mes ocultas, reaparecían en el horizonte justo el día del solsticio de verano (se pueden localizar en lo que metafóricamente son el omoplato de la constelación El Toro que, por cierto, parece mirar a la del cazador Orión). Estamos quizás ante la reproducción urbanística del cielo en la tierra, pues son alardes arquitectónicos que exigieron, primero mucha observación, y también una planificación precisa, aparte de un considerable saber técnico en el arte de construir pirámides. La ciudad de Ollantaytambo fue el símbolo de tres diferentes mundos, o niveles de la Creación, quizá por ello también tiene su pirámide, pero es un fenómeno sólo visual, ya que debe observarse desde cierta altura porque la configuran campos sembrados con perímetros trapezoidales de bien proporcionadas dimensiones.



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